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Dólar y el monfí Joraique

Dólar, pequeño municipio de la parte suroriental del Marquesado del Zenete, fue durante el bajo imperio romano una pequeña aldea que se organizó alrededor de un cerro, trasladándose con posterioridad a zonas más bajas y soleadas.

En época musulmana llamó la atención del geógrafo al-Idrisi por su carácter de fortaleza, ya que la cima estaba coronaba por un castillo amurallado cuya función era proteger a la población de ataques exteriores. Por su parte, el historiador árabe Ibn al-Jatib, al describir los territorios cercanos a Guadix en el siglo XIV, ya mencionaba a Dólar (Dollar), cuyo nombre parece hacer referencia a los toneleros que trabajaban la madera con unas hachas que aún se conocen con el nombre de dólar.

La visita a Dólar fue realizada de la mano de dos "doloríos", que no enfermos -ese es su gentilicio- que muy amablemente me enseñaron las excelencias que posee esta bonita villa. Decir que en la ermita de San Andrés se 'guarda' el Patrón de la villa y que la iglesia de la Anunciación posee una valiosa cúpula barroca, mientras que en el centro del pueblo, como si fuera el epicentro de una gran telaraña, se puede ver el castillo o lo que queda de él, ya que el paso del tiempo lo ha deteriorado bastante. Y ya en el Parque de Sierra Nevada, camino al Puerto de la Ragua, hay un paraje con una cueva en forma de cerradura que evoca tiempos de moros. Se llama el Peñón de Joraique y se sube a él por el Cordel del Pulpitillo, lugar donde comienza nuestra leyenda.

El recuerdo de la sublevación morisca palpitaba en sus venas a pesar de haber sido aplacada por las tropas de don Juan de Austria. El acuerdo con Diego Marín, maestrescuela de la catedral de Almería, para abandonar la guerrilla se había roto. Se recogía en él que todos los suyos dejaban las armas y se entregaban, pero lo prometido por don Diego no se cumplió, pues muchos de los rendidos pasaron a ser esclavos. Decepcionado y frustrado, volvió con trece de sus hombres a las montañas, multiplicando los golpes de mano y los crímenes a principios de 1573.

Allí, oteando desde el alto peñón con ojos de águila culebrina las amplias tierras del Senet, organizó un nuevo golpe a las aldeas que subsistían a la sombra de Sulayr. Los últimos rayos del sol se estaban ocultando cuando dio la orden de bajar de su escondite hacia la aldea de Dólar, donde tenía pensado dar el primer golpe en plena noche. Sus hombres montaron en sus alazanes para comenzar el descenso cuando Hamed le preguntó.

-Joraique, ¿no es mejor atacar Huéneja? Allí hay más riqueza.

-Y también está más poblada. Al hueso hay que empezar a roerlo por lo más blando.

Hamed bajó la cabeza en señal de acatamiento y puso dirección a Dólar.

La incursión fue más difícil de lo planeado, pues las gentes del pueblo se refugiaron en el castillo, ofreciendo fuerte resistencia. No obstante, el monfí Joraique no se fue de vacío, pues consiguió algunas fanegas de trigo, higos y pasas y apresó a un monje de oscuro habito que se encontraba en la calle cuando atacaron. La retirada a su guarida fue rápida y una vez en la cueva comprobaron el botín obtenido, dando cuenta de los alimentos y engrilletando al cristiano para que no escapara. Cumplido el trámite, habló Hamed:

-¡Poco rescate recibiremos por este fraile!

Joraique miró al anciano y vio en él una mirada extraña, sospechando que se trataba de alguien importante.

-Tú no eres de estas tierras? ¿De dónde vienes?

-Soy de muchos sitios y de ninguno. Hoy estoy aquí y mañana quien sabe.

Aquella respuesta no agradó al monfí Hamed, que intentó golpearle, cosa que hubiera hecho de no detenerlo Joraique.

-No merece la pena, ¿no ves que está en los huesos?

-Mejor es librarnos de él, así no comerá de nuestras provisiones.

Joraique miró al monje, que observaba con interés un tablero de ajedrez con una partida a medio terminar.

-¿Te gusta el ajedrez? Te propongo un acuerdo. Si me ganas la partida te dejo libre, pero si pierdes te corto la cabeza.

-Acepto el reto, pero con una condición. Jugaremos catorce partidas y por cada partida que pierdas, uno de tus hombres caerá bajo esta guadaña.

Fue entonces cuando el monje sacó una enorme hoz que mantuvo escondida.

Los trece monfíes saltaron entre las rocas del interior de la cueva, poniéndose en guardia, mientras Joraique miraba a Hamed, pues él era quien tenía que haberlo cacheado.

-¿Quién iba a pensar que un monje llevara entre sus hábitos semejante hoz?

-No os preocupéis, nada pasará si vuestro jefe acepta el acuerdo, respondió tranquilamente el monje, provocando las carcajadas entre los monfíes, ya que a su jefe nadie le había vencido. Pero la reacción no fue la esperada por el monje.

-¡No habrá partida y no habrá misericordia para tu cabeza? Sacadlo de la cueva y cortarle la cabeza a este maldito monje!

Fue entonces cuando el monje sacó una herrumbrosa llave de su hábito y apuntando hacia la entrada de la cueva hizo como si la cerrara dando media vuelta a la llave en el aire. Instantes después la cueva se selló como por arte de magia.

-¡Nadie saldrá de esta cueva hasta el amanecer y solo lo harán los que Joraique haya salvado!

Todos enmudecieron y nadie pudo moverse de donde estaba. El monje dejó la guadaña a un lado del tablero y ordenó las figuras para la partida, invitando al monfí a sentarse.

-Elige color y elige bien.

Al amanecer la cueva se abrió y un Joraique agotado y vacilante salía de la gruta. Sus ojos mostraban el terror que había vivido esa larga noche. Partió de aquel lugar sin mirar atrás, refugiándose poco después en Berbería. Durante toda su vida recordaría con gran amargura y temor que perdió trece partidas y que una quedó en tablas. El monje le prometió volver para acabarla.